TÍTULO E INICIO DE MI PRÓXIMA NOVELA

Muy buenas.

Sí, lo sé. Se está haciendo esperar un poco, pero es por una buena causa: he estado trabajando en ella, puliendo cada frase, cada párrafo, para poder ofreceros la mejor historia posible. Espero haberlo conseguido. Si todo marcha según lo previsto, entre finales de este mes y comienzos del que viene ya la tendréis a vuestra disposición.

>Bah, Javi, déjate de palabrería barata y diles de una vez lo que has venido a decir, que esta buena gente tiene muchas cosas que hacer hoy.

Es verdad. Perdonádme. Ya me estaba enrollando. En fin, que la razón de esta entrada es para deciros que el título de la novela será ESCLAVOS DE LA TIERRA.

¿Os gusta? ¿Sí? Me alegro. Pero como me parecía poca cosa para lo que os he hecho esperar, aquí os dejó el inicio. Pronto el resto.

Podéis compartirlo, rebloguearlo o lo que os dé la gana. Se agradece cualquier muestra de apoyo.

ESCLAVOS DE LA TIERRA

  1. Año 2105 / SubTerra.

 

La puerta de chapa se abrió con un chirrido de goznes oxidados y el comandante Torres entró en la estancia. La humedad rezumaba de las paredes de hormigón, formando manchas alargadas que iban del techo al suelo, y que dificultaba la respiración de cuantos sobrevivían allí abajo.

De hecho, era bastante peor que eso. Muchas personas morían debido a bronquitis o pulmonías mal curadas, que solían manifestarse durante la infancia y tendían a ir complicándose a lo largo de sus vidas, hasta que los maltrechos organismos terminaban rindiéndose y exhalaban su último suspiro. El comandante Torres, que había nacido en las colonias y arrastraba los mismos problemas de salud que la mayoría, detestaba por encima de todas las cosas aquellas ocasiones en que las víctimas eran niños, a los que el destino no les concedía siquiera la oportunidad de luchar. La enfermedad los lastraba desde el mismo momento en que nacían (a veces, incluso antes), condenándoles de antemano. No importaba cuántas muertes llegase a presenciar; jamás se acostumbraría al espeluznante espectáculo del pecho de un bebé interrumpiéndose en medio de un resuello, súbitamente y para siempre, mientras era sostenido por los brazos impotentes de su horrorizada madre.

Él mismo había estado a punto de morir cuando tenía cuatro años, después de contraer un resfriado que derivó en una neumonía (nunca llegó a curarla por completo y, sobre todo en las estaciones frías, sus pulmones se resentían y amenazaban con colapsarse). Si siguió adelante fue sólo porque Dios lo quiso así. Se lo había dicho su madre en aquel momento, y él aún creía en la verdad irrefutable de esas palabras. Porque, más allá de sus propias vidas, Dios era lo único que les quedaba. La única razón de que todavía conservaran la esperanza.

Así eran sus existencias allí abajo, frías y despiadadas como los ojos de un Tremurte.

Al percatarse de quién era el visitante, los muchachos reunidos en la estancia guardaron silencio de inmediato, boquiabiertos e impresionados. En SubTerra debían vivir entre dos y tres mil personas, pero todos lo conocían. Todos sabían quién era el comandante Torres, la admiración y el respeto que sus padres y el resto de adultos de su entorno le profesaban. Escuchaban sus consejos y confiaban en sus decisiones, por lo que la importancia de su figura había calado hondo en sus tiernas conciencias a lo largo de su infancia.

Pese a que algunos, debido a la desesperación en que vivían sumidos, se empeñaban en conferirle cualidades divinas, él mismo siempre le quitaba hierro al asunto, insistiendo en que no se le considerara un ser especial ni se le atribuyeran facultades sobrenaturales. No debían llevarse a error. No era más que un ser humano de carne y hueso, como ellos. Un ser humano que compartía su misma impotencia y aflicción por tener que seguir viviendo allí abajo, lejos de la ansiada superficie.

No tenía ningún plan para volver a conquistar la Tierra. No guardaba ningún as en la manga que en un futuro próximo les fuera a permitir derrotar a las terribles criaturas que ahora se paseaban a sus anchas por ella. Su prioridad inmediata era mantener la colonia sana y salva, alejada de las amenazas, y era por lo que trabajaba sin descanso. Sabía que sólo estarían en disposición de volver a poblar el planeta si la especie humana resistía, si era capaz de sobrellevar la dureza de aquellos tiempos y conservar la cordura entretanto esperaba a que le llegara la oportunidad que la devolviera al lugar que le correspondía.

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